El Cañón del Colca – Tres días y muchas emociones

El Departamento de Arequipa tiene un atractivo especial para la gente que lo visita. Desde el nevado Mismi, aquí nace el río más caudaloso del mundo: el Río Amazonas. Además, se pueden encontrar dos de los cañones más profundos en la Tierra: el Cañón de Cotahuasi, con una profundidad de más de 4,000 metros, y el Cañón del Colca, con una profundidad de 3,900 metros aproximadamente. El Cotahuasi no es muy frecuentado ya que está alejado de la ciudad de Arequipa (de 11 a 12 horas de viaje en bus) y la vía para acceder no está en buenas condiciones. Por esta razón, la gran mayoría de personas que se acercan a Arequipa optan por visitar el Cañón del Colca, con un tour de un día o haciendo un trekking que pueda ser de dos o de tres días. También hay la posibilidad de hacerlo libremente y quedarse más tiempo.

El trekking por el Cañón del Colca es bastante especial ya que, a diferencia de la gran mayoría de trekkings, se empieza con un descenso y se termina ascendiendo el último día. Sabíamos que sería duro porque ya habíamos decidido que sí haríamos el trekking, lo que no sabíamos es que nos enfrentaríamos al reto más grande desde que llegamos a Perú. Y así, partimos un martes a las 3:00 de la mañana hacia el cañón.

Decidimos hacer el trekking de tres días para tener más tiempo para disfrutar de los paisajes y de la experiencia en el cañón. Nos tomamos el riesgo de contratarlo directamente en el hostal sin tener ningún tipo de referencia de la compañía con la que ellos trabajan. Es más, ni siquiera sabíamos el nombre hasta unas cuantas horas antes de partir. Yo estaba muy nerviosa la noche anterior y para sumar a mis nervios leía en foros de viajeros que la dificultad del trekking era alta, especialmente la subida del último día.

Mis expectativas del paseo, de los lugares donde nos alojaríamos en el medio de la nada dentro del cañón y de mi misma (de poder lograr tan siquiera sobrevivir el primer día), estaban por el suelo. Quico estaba totalmente tranquilo y relajado, además de ser su personalidad natural, también porque él ya es un experto, aunque siempre me diga que no y ni siquiera haya estado muy convencido de que yo plasmase aquí ésta afirmación.

Trekking – Día 1

Casi no pude dormir esa noche y nos despertamos justo a tiempo solo para tomar nuestras mochilas, ya preparadas, y marchar. Nos recogió un minibús con una guía llamada Rosa. Fuimos a recoger a más personas y nos encaminamos hacia Chivay, el primer pueblo del cañón, localizado a unas tres horas de Arequipa. El conductor, como ya es típico por aquí, manejaba como loco y tampoco pude cerrar los ojos durante ese recorrido. Quico, por supuesto, quedó roncando apenas entramos en la carretera. Al llegar a Chivay fuimos directamente a desayunar, un poco confundidos porque estábamos con un grupo que haría el tour de un día. Rosa nos dijo que después del desayuno cambiaríamos de bus y así fue. Nos montamos en el otro bus, pero allí tampoco estaban los del trekking de tres días. Encima la nueva guía era una señora que no dejo de hablar desde que salimos de Chivay hasta llegar a La Cruz del Cóndor que está a una hora.

La Cruz del Cóndor es un mirador muy famoso localizado en El Colca dónde se puede apreciar la belleza natural del cañón y el especial vuelo de los cóndores, el ave típica de la región. Estuvimos allí 45 minutos y fue espectacular. Vimos más de diez cóndores planeando frente a nosotros e incluso algunos que se acercaban bastante. Luego de apreciar este espectáculo de la naturaleza volvimos al minibús y finalmente nos dejó en el punto de partida de nuestro trekking.

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Apenas llegamos conocimos al mejor guía que jamás pudimos haber pedido: ¡el increíble Roy! Y mis expectativas iban mejorando. Roy estuvo con nosotros durante los tres días, siempre preocupado y pendiente del bienestar del grupo. Desde que llegamos empezó a darnos recomendaciones de qué ponernos, cuánta agua llevar y nos dio la información necesaria para enfrentarnos a lo que estaba por venir. Nos tuvimos que quitar varias piezas de ropa ya que en ese momento teníamos frío, pero Roy nos advirtió que, al estar descendiendo por el cañón, bajo el sol, la temperatura se eleva y el calor se siente más intenso entre sus enormes paredes.

Una vez preparados, nos pusimos en marcha hacia el cañón. Éramos un grupo de doce personas: seis amigas francesas, una pareja de Guadalupe, una chica francesa viajando sola, nosotros dos y Roy. El primer kilómetro paso rápido, pero todos los demás bastante lento. Al principio, no nos cansamos mucho porque estábamos entretenidos observando el paisaje fascinante que nos rodeaba y conversando entre nosotros, con Roy y con el resto del grupo. Además, íbamos en bajada lo cual, para mí, es mucho más fácil.

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Teníamos por delante 8 kilómetros de descenso, alrededor de 4 horas, y el sol, efectivamente, se puso muy fuerte pasada la primera hora. A medida que avanzábamos sentíamos que con cada paso las piernas iban cediendo un poco más. Todavía no estábamos cansados, pero yo empecé a tener miedo de resbalarme y caer ya que la bajada se hacía más y más empinada en un terreno desnivelado. Descansamos 15 minutos en la primera sombra que encontramos sin sentarnos para no enfriarnos. Quico iba más rápido que todos y fuimos encabezando el grupo la mayor parte del tiempo.

Después del descanso, el descenso fue más difícil porque aparecieron “escaleras” de piedra en un camino muy estrecho donde teníamos las paredes del cañón de un lado y el precipicio del otro. El paisaje nunca dejo de ser espectacular y hubo varios momentos en los que nos detuvimos para hacer alguna foto o simplemente para tomar aire y dejarnos maravillar con las vistas extraordinarias que ofrece ésta zona. Esos momentos hacían que el esfuerzo valiera la pena.

Seguimos por las escaleras de piedra, ya llevábamos casi 3 horas de caminata y volvimos a descansar. Roy nos explicó que atravesaríamos el río sobre un puente al que llegaríamos en 45 minutos más, luego una pequeña subida y después el resto del camino sería fácil porque era en terreno plano. Yo ya me había tomado un litro de agua y no daba más. Las tiras de la mochila eran muy delgadas y me apretaban horriblemente en los hombros, el sol me quemaba demasiado a pesar de tener mi gorrita de Perú y en vez de disfrutar del paseo empecé a tener pensamientos negativos. Solo quería llegar, soltar la mochila y dejar de caminar. Me di cuenta que mis pensamientos no me estaban ayudando y empecé a concentrarme en mi respiración mientras seguíamos bajando.

Veíamos el puente y aunque cada vez lo veíamos más grande y más cerca parecía que no llegábamos nunca. Quico empezó a hablarme, a contarme sobre sus trekkings pasados y a pesar de que el sol quemaba más fuerte y ya me temblaban las piernas, la charla me ayudó muchísimo a distraerme. Finalmente logramos estar en la entrada del puente. Descansamos de nuevo, esta vez había unas piedras donde podíamos sentarnos, pero yo solo quería desplomarme en el suelo, literalmente. Roy me ofreció una banana que acepté, aunque no pude comérmela toda porque sentí que la iba a vomitar. Quico estaba cansado y le molestaban un poco los pies por el roce de las zapatillas, pero aún seguía con ánimos y energías de continuar. Me animó a mí y cruzamos el puente.

Este puente atraviesa el Río Colca, el río principal que forma parte del cañón y que consta de 129 kilómetros de recorrido. En medio del puente nos detuvimos para contemplar las gigantescas paredes que nos rodeaban y que ya eran casi todo lo que veíamos al alzar la mirada. Nunca habíamos estado en las profundidades de un cañón de ésta magnitud, las vistas eran impresionantes y éste sentimiento también nos motivaban a seguir.

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Inmediatamente al cruzar el puente estaba la subida, la peor parte de la jornada. Era una subida muy empinada y no parecía un camino porque eran rocas al natural que básicamente tuvimos que escalar. El tramo era relativamente corto y Roy me señaló un árbol como punto de referencia; allí era donde terminaba la escalada. Yo lo veía imposible y lejísimos.

Dejamos a todo el mundo pasar y avancé poco a poco, muy despacio. Quico estaba a mi lado o al frente para ayudarme a subir y no me dejo en ningún momento, a pesar de que le dije que siguiera adelante con el resto del grupo. Cuando se lo comenté, me respondió que no porque estábamos juntos en esto y así es. Después me di cuenta que esas eran exactamente las palabras que necesitaba escuchar, aunque parezca una tontería. Me faltaba el aire en varios momentos, tenía que detenerme, respirar profundo y seguir hasta que por fin llegamos al árbol y a la parte de arriba donde todos descansaban. Roy nos dejó descansar a nosotros también antes de retomar el camino. Pensé que no podría subir, pero lo logré y ese pequeño logro me mantuvo de pie el resto del viaje bajo un sol caliente y con las mochilas, que en ese momento parecía que les hubiésemos metido piedras de lo pesadas que se sentían.

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Seguimos aproximadamente una hora más hasta que llegamos a San Juan de Chucho, un pueblo del cañón donde dormimos la primera noche. Después de 4 horas, culminó nuestro primer día de trekking y en cuanto llegamos, todos nos tiramos en las sillas del comedor que se encontraba dentro de un ranchito. Roy nos contó algunas anécdotas pasadas como guía, de personas que se han desmayado en esa famosa subida. Por el camino también nos encontramos a varios que estaban mareados y habían tenido que parar por un tiempo mayor para descansar y poder avanzar.

Quedamos agotados pero muy felices de haber conseguido superar el primer día, aunque todavía nos quedaban dos por completar yo ni siquiera pensé que lograría uno. Nos duchamos y comimos y luego nos quedamos charlando con el resto del grupo, tirados en el césped deleitándonos con el ambiente, jugamos cartas y reposamos lo más que pudimos para iniciar con fuerzas la siguiente etapa.

Trekking – Día 2

Nos despertamos muy temprano para desayunar, ya preparados para afrontar el segundo día de trekking. La tarde anterior habíamos hecho algunos estiramientos en el césped para no tener tantas agujetas, pero yo igualmente me notaba un poco las pantorrillas y los muslos. Quico se despertó perfecto, sólo con una ampolla en el pie por las zapatillas. Roy nos explicó que el día de hoy, en las primeras horas, seguiríamos en terreno plano con algunas subidas y que en el último tramo del día haríamos el descenso final, que constaba de una bajada muy pronunciada hacia el Oasis Sangalle, situado en las profundidades del cañón.

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Al comenzar el recorrido estábamos todos muy animados porque tendríamos tiempo para disfrutar del oasis y bañarnos en una piscina envueltos en un paisaje fuera de este mundo. Tal como nos explicó Roy la primera etapa del día fue fácil; íbamos conversando y admirando la naturaleza. Roy de vez en cuando se detenía para mostrarnos y explicarnos el uso de las plantas que se encuentran en el cañón y cómo los lugareños las aprovechan.

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Había unas cuantas subidas, no tan duras como la del día anterior, pero igualmente me costaban muchísimo. De nuevo sentí que no lo iba a lograr y empecé a preguntarme ¿por qué estoy haciendo esto? Definitivamente el paisaje me asombraba, sin embargo, no lo estaba disfrutando al quedarme sin respiración, sintiendo, cada 10 pasos, que se me saldría el corazón.

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Descansamos nuevamente y afrontamos la bajada. Empezamos a ver un paisaje verde que resaltaba en medio de las paredes rojizas y marrones del cañón. Ese era el oasis donde llegaríamos en dos horas. La bajada fue más dura que la del día anterior porque era mucho más vertical y el terreno menos estable. Íbamos haciendo mucha fuerza con las piernas para no resbalarnos y, de todas maneras, como soy yo, me resbalé y caí de nalga encima de varias piedras. Fue una caída dolorosa, pero enseguida me puse de pie con la ayuda de Quico y continuamos hasta arribar a Sangalle.

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Este oasis es un lugar verdaderamente paradisíaco. A pesar del cansancio y de tener las piernas que ya no daban más, estábamos contentos de haber llegado. El baño en la piscina nos cayó perfecto y el sentimiento gratificante que nos invadía al estar allí, relajados, en un entorno tan especial, no se los puedo explicar.

Más tarde, Quico se puso a jugar fútbol con Roy, otros viajeros y con algunos lugareños. Yo me quedé con la boca abierta. No sé cómo tenían energía después de éstos dos días y me impresionó que las ganas de jugar que tenía Quico eran más grandes que el cansancio y las dos ampollas que llevaba en los pies. Encima estaba jugando sin zapatos y sólo puedo decirles que, después de varios pisotones durante el partido, sus pies terminaron destruidos.

Nos hubiese encantado quedarnos al menos una noche más en el oasis, no obstante, al día siguiente nos aguardaba la etapa más complicada del trekking: subir las empinadas paredes del cañón. Yo no me veía capaz de hacerlo de ninguna manera.  Mientras Quico estaba jugando, me quedé tendida en la habitación intentando descansar. No pude dormir ni apagar mis pensamientos, muy preocupada por la subida de 6 kilómetros que nos esperaba. Sentía que no podía afrontarla después de dos días de trekking y menos sin poder ir a mi ritmo, que es bastante más lento que el de los demás. Esto porque teníamos que subir en tres horas, o máximo tres horas y media, ya que debíamos tomar un minibús a una hora estipulada para regresar a Chivay y luego a Arequipa. Roy nos advirtió claramente que sería el día más duro ya que no había ni un solo tramo que no fuese en ascenso, pasando de una altura de 2,160 msnm a 3,380 msnm, es decir, más de 1,000 metros de diferencia en poco tiempo. El miedo me invadió hasta que regresó Quico del partido.

Trekking – Día 3

¡¡¡GAME OVER!!!

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Me encontraba sentada afuera de unos baños termales donde Quico estaba metido, con el resto del grupo, relajando los músculos luego de la gran subida. Yo no me quise meter así que saqué mi cuaderno y empecé a escribir lo vivido para poder relatarles estos tres días con nuestros sentimientos y pensamientos lo más frescos posible.

Ésta mañana, Quico salió al punto de encuentro 15 minutos antes de las 5:00 a.m., con los dedos de los pies vendados después de que, la noche anterior, Roy le aplicara el líquido de una planta medicinal, que decía era como Betadine, para aliviar sus heridas. Aún estaba oscuro así que todos iban con sus frontales y con algo de abrigo, que, en menos de 10 minutos de haber empezado a subir, ya se habían quitado. Roy les explicó que los primeros 15 minutos irían todos juntos hasta un punto dónde había dos caminos para no perderse.

Pasado este punto cada uno debía ir a su ritmo y fue entonces cuando Quico empezó a adelantar a los demás con sus típicos pasos largos. Estaba concentrado en avanzar lo más que pudiese, antes de que saliera el sol y empezará a calentar, lo cual para él complicaría el ascenso. Dos de las chicas francesas siguieron su paso y los tres, sin darse cuenta, formaron un pequeño equipo para animarse y así lograron la subida juntos, en menos del tiempo estipulado.

Yo también subí, en menos de tres horas, porque subí sobre una mula. Que suerte que existía ésta posibilidad que desconocíamos porque si no quizás aún estaría subiendo. Cuando Quico regresó de jugar fútbol llegó con Roy y él me dio ésta opción. Yo solo podía pensar: “¡Gracias, gracias, gracias!”

Ir sobre la mula fue una aventura llena de adrenalina; se movía excesivamente intentando alzar sus patas para subir el empinado y estrecho camino de piedras. Yo iba muy asustada de caer y sujetándome con todas mis fuerzas. Había varios tramos en los que teníamos un hondo precipicio a un lado y mi querida Chola (así se llamaba mi mula) pisaba justo en el borde del camino. Varias veces me vi abajo, tuve que cerrar los ojos, rezar e incluso en mi subconsciente le hablaba a Chola animándola y agradeciéndole por cargarme hasta arriba.

Después de un tiempo sobre Chola empecé a sentirme mal. No por no haber podido subir, ya que, haber superado los dos primeros días sin desmayarme era un gran logro para mí, sino por Chola y el resto de las mulas, ya que no éramos las únicas. Estábamos con un grupo de nueve personas sobre nueve mulas y el cuidador, quien iba caminando. Aparentemente es muy común, para los trabajadores y visitantes habituales del cañón, subir en mula, pero yo no pude evitar pensar que ¡pobres animales! Al final Chola ya estaba agotada y se notaba; se paraba y no quería avanzar y empecé a distinguir que su pelaje estaba mojado de sudor, al igual que el del resto de las mulas. En ese momento comencé a hablarle y a animarla nuevamente. Sí, me sentía aliviada de tener ésta opción porque de otra manera no sé cómo hubiese subido, pero me invadía también un sentimiento de culpa.

Íbamos por el mismo camino por donde todos suben, así que después de unos 30 minutos me topé con Roy. Estaba sentado comiéndose un plátano con otro guía y solo me gritó que me sujetara bien y que animara a cuatro de las chicas francesas que se estaban quedando atrás. En poco tiempo me las encontré, muy cansadas, ya habían avanzado bastante y pensé que si ellas estaban así yo todavía estaría en la entrada del oasis. Me fui topando con los demás poco a poco, excepto con Quico y las dos chicas que faltaban. “¡Increíble que estén tan adelantados!” pensaba. Quico encima iba con los pies hechos polvo, pero no dudó, ni por un segundo, que subiría con sus dos piernas fuese como fuese.

Mucho más adelante que el resto del grupo los encontré a los tres descansado y luego me di cuenta que estaban a punto de alcanzar el final porque en menos de media hora yo ya estaba en la cima. Me quede sentada en el borde esperando verlos llegar. Poco después que yo, los vi, los grabé y le grité a Quico para que me viera y se animara a dar los últimos pasos. Sigo impresionada y admirada y siempre lo estaré. ¡No se dé dónde saca tanta energía y me siento súper orgullosa de él!

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Quico no aguantaba los pies, pero estaba feliz y satisfecho por haber culminado el trekking a pesar de los obstáculos. Llegó, se sentó en el suelo y nos pusimos a comer unas mandarinas mientras nos contábamos lo que cada uno acababa de vivir. Un tiempo más tarde empezó a llegar el resto del grupo y todos disfrutamos del momento y de la alegría de haber terminado, de alguna manera u otra, estos tres días tan emocionantes.

Así emprendimos el camino hacia Cabanaconde para desayunar y agarrar el bus de regreso a Arequipa, parando primero en los baños termales y luego en el Mirador de los Andes que está a 4,910 msnm donde se pueden apreciar los volcanes de la zona. Al final, mis expectativas fueron totalmente superadas. Fue una experiencia única y muy enriquecedora porque en medio del caos de emociones que llevábamos dentro estaban esos pequeños momentos mágicos que juntos supimos apreciar.

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INFORMACION PRACTICA

Ve a nuestro post “El Cañón del Colca – Nuestras recomendaciones” donde podrás encontrar toda la información detallada.

Si quieres más sobre nosotros, haz click aquí.

This entry was published on August 27, 2016 at 10:50 pm and is filed under Uncategorized. Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

One thought on “El Cañón del Colca – Tres días y muchas emociones

  1. Que fuerte,querda Gaby, nunca yo de joven hubiera tenido tal coraje! Los felicito y por favor cuidense mucho….Los sigo siempre, un abrazo

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