Una semana de buses

Nos encontrábamos en Iquique, Chile en uno de los mejores hostales del viaje, el Backpackers Hostel. Nos pudimos haber quedado varias semanas allí, pero, lamentablemente, Chile es un destino muy caro y debíamos avanzar. La noche siguiente, viajaríamos a Calama para llegar por la mañana y tomar otro bus hacia San Pedro de Atacama, la última parada después de una semana con más buses que días.

Esa tarde nos relajamos en el hostal; nos preparamos una pasta deliciosa y la disfrutamos muchísimo ya que no habíamos comido un plato casero en meses. La acompañamos con un buen vino chileno. Quico estaba muy contento escribiendo el post de Cusco, al son de una canción de Ike y Tina Turner, mientras yo, saqué mi cuaderno, y empecé a escribir el ajetreado recorrido que habíamos realizado hasta el momento.

Nuestro plan era salir de Copacabana a La Paz y de allí movernos por Bolivia, descubriendo ese país desconocido que ha sorprendido a muchos viajeros por su belleza y autenticidad.  Más adelante, bajaríamos desde Uyuni hacia Chile y seguiríamos nuestro recorrido por el sur. La situación de los bloqueos en Bolivia se puso color de hormiga y cómo les explicamos en nuestro post anterior, tuvimos que cambiar nuestro plan y hacer una ruta diferente, después de nuestra visita al Lago Titicaca.

En la terminal de transporte terrestre de la Paz habían suspendido todas las salidas, con lo cual, solo podíamos movernos en avión. Nadie tenía certeza de cuándo se acabarían los bloqueos para poder transitar por las carreteras principales del país. En vista de lo anterior, decidimos hacer la ruta al revés: ir a Chile primero, esperando que todo se normalizara en Bolivia y posteriormente subir desde el Desierto de Atacama a Uyuni.

Pasamos varias horas viendo mapas, rutas, buses, leyendo noticias y otros blogs de viajeros y concluimos que, nuestra única opción para llegar a Chile, era pasando nuevamente por Perú, y de allí, cruzando la frontera hacia Arica, el primer pueblo de la costa chilena.

img_8999Con esto en mente, salimos de Copacabana el 27 de agosto rumbo a Puno. Volvimos a cruzar la frontera de Bolivia a Perú, ésta vez de noche, y 4 horas más tarde llegamos a la terminal. Esperamos una hora allí y embarcamos en el segundo bus del recorrido: de Puno a Arequipa. La mañana siguiente, llegamos a Arequipa y nos informaron que, para llegar a Chile, debíamos pasar por Tacna; desde allí salen los buses hacia la frontera.

El camino sería más largo de lo esperado y sabíamos que necesitaríamos dormir, en una cama, antes de llegar a la frontera. No queríamos quedarnos en Tacna, ya que los comentarios que habíamos leído, sobre este lugar, no eran muy positivos. Buscamos en la costa peruana y encontramos la ciudad costera de Ilo, cerca del camino. Samu, el compañero de piso de Quico , en Barcelona, ya le había hablado sobre ella y encima coincidimos con un bus que salía en poco tiempo, compramos el pasaje y nos fuimos rumbo a Ilo.

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Saliendo de Arequipa estuvimos rodeados de montañas con grandes campos verdes en sus faldas. Horas más tarde, pasamos a la carretera que bordea la costa y el paisaje se transformó, siendo cada vez más árido. Según National Geografic, la costa sur del Perú ya forma parte del Desierto de Atacama. Esto no nos sorprende, porque a medida que avanzábamos nos adentrábamos en el desierto. Cuatro horas después llegamos, agotados, a Ilo.

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Ilo es una ciudad poco turística al suroeste de Perú. Tiene un puerto y un malecón lleno de restaurantes y puestos de artesanías. Allí decidimos quedarnos una noche para descansar. Hasta el momento, de Copacabana a Ilo, habíamos recorrido 700 kilómetros, parando únicamente al cambiar de bus. En Ilo no teníamos nada reservado. Tuvimos que caminar con las mochilas rojas y el cansancio al hombro, hasta que conseguimos un hotel, por suerte, en pleno centro. Posteriormente, salimos a buscar algo para almorzar; nos comimos un ceviche y un arroz con mariscos, dos platillos que, difícilmente, fallan en Perú.

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La mañana siguiente, desayunamos en la terraza del hotel que tenía vista a la plaza y, para variar, había un desfile y fiesta de la ciudad. No entendimos bien de qué se trataba, pero disfrutamos de la música y de la banda que se paseaba por las calles. Al rato, decidimos ir hasta la parada de buses para averiguar los horarios hacia Tacna. Por suerte, llevábamos las mochilas rojas y todas nuestras cosas, ya que justo antes de cruzar la calle hacia la parada, vimos un bus saliendo, con el letrero al frente que ponía Tacna. De una vez nos subimos, con todo en mano, porque ya no había tiempo de poner las mochilas rojas en la bodega, como normalmente hacemos.  En 3 horas, arribamos a Tacna. De nuevo cambiamos de bus y finalmente nos dirigimos hacia Chile.

Apenas llegamos a la frontera, notamos una gran diferencia en comparación a la frontera Perú-Bolivia, donde nadie nos revisó nada. En Chile los controles son más estrictos y casi nos buscamos un problema por unas manzanas que, sin querer, no declaramos en aduana. Al bajarnos del bus, agarramos nuestras mochilas grandes y después de migración, las pasamos por las máquinas de escaneo. Ni nos acordamos de las manzanas que habíamos comprado en Perú.

Cuando mi mochila pasó, un carabinero (cómo le llaman a los policías en Chile), me la revisó y las encontró. Yo todavía no caía en cuenta de la falta  que había cometido, hasta que el carabinero me trajo la hoja de declaración y me dijo que debía volver a llenarla declarando que traía esas frutas. De lo contrario, estaríamos en graves problemas con la ley chilena. Obviamente obedecí sus órdenes, declaré las manzanas e igualmente ellos las decomisaron.

Más adelante, estando en territorio chileno, nos vimos en medio de una tormenta de arena, y el bus tuvo que detenerse varios minutos por la falta de visibilidad. Pasado ese tramo,  el paisaje que apareció en nuestra ventana era hermoso. La carretera pasa justo al lado del mar y yo estaba tan feliz de ver ese azul, como si nunca lo hubiese visto.

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En unas 3 horas llegamos a Arica y nos hospedamos en el Arica Surf House. Arica es una ciudad con una mezcla de mar y desierto, muy turística durante el verano, pero que atrae a surfers, de todas partes del mundo, en cualquier época del año. Salimos a caminar por el centro y llegamos a una plaza con una fuente, una vieja locomotora y edificios coloniales alrededor, entre los que estaban la vieja estación del ferrocarril que llegaba hasta La Paz.

En el horizonte veíamos la silueta del Morro de Arica, un cerro de unos 130 metros de altura, con el Cristo de la Concordia en la cima, el cual simboliza la paz entre Chile y Perú. En el hostal ofrecían varios tours arqueológicos por la zona, pero con el tiempo limitado que teníamos no pudimos hacer ninguno.

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Esa noche en Arica, mientras leíamos en las camas del dorm, las ventanas vibraron. Yo sentí que había temblado y otro chico, que estaba en la habitación, se levantó preguntándonos si habíamos notado el temblor. Quico creyó que era el viento, pero el chico dijo que en esa zona de la ciudad no suele soplar un viento tan fuerte. Yo, como siempre, busqué en internet enseguida y, efectivamente, fue un temblor de 4 grados a pocos kilómetros de la costa de Arica.

Por la tarde, al día siguiente, nos fuimos a la terminal, para coger nuestro bus hacia Iquique, desde donde escribía en mi cuaderno. Iquique está a 300 km de Arica y todo el paisaje que observamos, por la ventana del bus, era muy desértico.

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 Aunque llegamos reventados, porque Chile no está eximido de imprevistos, Iquique nos dio muy buena vibra desde que vimos la ciudad completa, por la ventana del bus, al ir bajando por una duna que hay que bordear para llegar. Resulta que están arreglando la carretera que conecta Arica con Iquique, y solo dejan pasar coches cada cierto tiempo. Nosotros esperamos hora y media dentro del bus, sin movernos. Y fuimos afortunados porque la espera podía ser de cinco minutos hasta dos horas, dependiendo del momento en el que el bus llegase al punto del cierre. Para rematar, cuando ya estábamos llegando a Iquique, se pinchó una llanta. El chofer y el copiloto tuvieron que bajarse a cambiarla, mientras nuevamente esperamos dentro del bus. Con todos los inconvenientes, el trayecto que normalmente dura 4 horas, para nosotros, fue de 8.

Hasta Iquique ya habíamos recorrido 1,190 kilómetros y para llegar hasta San Pedro de Atacama aún nos quedaban 490 kilómetros por recorrer. Al estar en Iquique, decidimos relajarnos un poco. Desde que entramos al hostal supimos que mínimo nos quedaríamos dos noches. Yo estaba agobiada y cansada de moverme tanto, necesitaba quedarme más de una noche en el mismo lugar y poder dormir tranquilamente, sin tener que despertarnos pensando en hacer la maleta rápido para subirnos en otro bus.

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El Backpackers Hostel está ubicado a una calle de la playa y en el tiempo que estuvimos allí aprovechamos para tirarnos en la arena escuchando el mar y mirando a los surfers en el horizonte. Realmente necesitábamos relajarnos e Iquique nos ofreció el ambiente ideal para hacerlo. Hay un paseo muy lindo que bordea la playa, por el cual caminamos hasta llegar a una especie de península, que separa la ciudad y conduce hacia otra playa. Igualmente, allí nos sentamos a contemplar el panorama de nubes, pelícanos y montañas de arena en el fondo.

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La ciudad de Iquique está ubicada entre el mar y la Cordillera de la Costa, rodeada de dunas altas de hasta 800 metros, que, desde la playa, se observan como paredones gigantescos de arena. Es un lugar perfecto para veranear, encantador, con un ambiente playero, relajado y divertido. Por esto y por su famosa Zona Franca, Iquique atrae muchos visitantes nacionales y es una parada muy común para los viajeros desde y hacia Perú.

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La ciudad está llena de letreros que dicen “Zona de Tsunami” y no nos sorprendió, siendo Chile un país sísmico. A mí me puso un poco nerviosa pero los chilenos ya lo tienen bien asumido. Además, hay unos edificios muy altos justo al borde del mar, como en Panamá, pero allí me sorprende que vivan, tranquilamente, sabiendo que, en cualquier momento, se sacude la tierra y tienen que salir corriendo antes de que el mar vuelva a reclamar su espacio.

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Luego de unos días muy agradables en Iquique, emprendimos el camino hasta San Pedro de Atacama. Primero, cogimos un bus nocturno de 5 horas hasta Calama (no hay conexión directa a San Pedro de Atacama) y llegamos a las 6:00 de la mañana a la terminal. Todavía no había salido el sol y  esperamos para abordar el siguiente bus. Dos horas más tarde, finalmente llegamos al famoso pueblo en medio del desierto.

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San Pedro de Atacama es un pueblo pequeño y bastante turístico, ya que se encuentra cerca de varios puntos de interés del Desierto de Atacama. La experiencia completa de Atacama se las contamos en nuestro  post: Explorando Atacama.

Y así, terminó nuestro recorrido de Copacabana hasta Atacama. Fueron 8 buses en 7 días, 1,680 kilómetros e incontables horas, considerando todos los imprevistos. Fue una semana difícil, pero al final del día, además de tenernos el uno al otro, conocimos, admiramos y disfrutamos de más rincones sorprendentes en esta región. Todo es parte de la aventura y, como siempre decimos, si tuviésemos que hacerlo todo de nuevo, lo haríamos indudablemente.


 

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This entry was published on September 25, 2016 at 7:14 pm and is filed under Uncategorized. Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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